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Opinión | Carlos Jaico: El juego de la vida

No te pierdas la columna de Carlos Jaico.
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23-11-2022

El fútbol es un juego fácil de sentir, pero bastante difícil de jugar y entender. Porque, entenderlo sería comprender que veintidós personas juegan ajedrez sin las manos, en un espacio tridimensional, desplegando su mejor técnica y estrategia.

O también, ¿cómo comprender las infinitas posibilidades de gol que un delantero tiene en mente mientras corre a 20 km/h? A ello se suma el (casi) siempre incomprendido y vapuleado árbitro, antes llamado cuervo por su indumentaria, hoy felizmente más colorida. Gran responsabilidad la que recae sobre él, y que pocos valoran. Tampoco se comprenderá la lógica de la derrota de un gran equipo frente a uno sin estrellas. Y es que el fútbol podrá tener reglas y ciertas fórmulas ganadoras, pero no es una ciencia. Su atractivo le viene de su imposibilidad de predecir un resultado, porque interviene el factor humano. Y éste se cansa, se agarrota, se lesiona y algunas veces se harta y se va.

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Es así que el fútbol, en nuestra realidad, es el deporte que ocupa un espacio social, político y hasta psicológico. Bastaría con contar los estados de ánimo por los que la afición pasa, al ritmo de los entrenamientos, partidos y tabla de posiciones.

La emoción le durará hasta el último segundo, debido a que el tiempo futbolístico no es en sí noventa minutos. Ese espacio es mucho más amplio, y se vive en semanas, antes y después de cada campeonato. Durante ese tiempo, parecería que se vive en un mundo ideal, donde todas las necesidades materiales estarían satisfechas. Bastaría con que el equipo gane, para ganar todos. Pero, ¿de dónde colegimos que hemos ganado todos?

Debe ser porque, la emoción que se vive desde las gradas, crea una atmósfera particular; esa connivencia y solidaridad entre vecinos de butaca. Lado a lado, se canta a todo pulmón el himno nacional y nadie habla de política, como si los problemas se hubiesen quedado en las puertas del estadio. Pero, al salir parecería que la emoción fue temporal y efímera, haciendo que todos vuelvan a su cotidiano. Y, ¿Dónde fue ese fervor patriótico?

Esta vez, unos penales atajados por un heterodoxo arquero neozelandés tiraron los sueños mundialistas por la borda. Frente a esta ausencia, habría que inventar otra cosa mientras llega una Copa. Pensar en otros medios de cohesión social. Al fin y al cabo, el fútbol es un juego de equipo, y esa misma emoción debería llevarnos a jugar el verdadero partido por el Perú.

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