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OPINIÓN | Eduardo González Viaña: "Bernardo, un peruano en la guerra civil española"

"Tal vez allá lejos, los versos de Bernardo se habían quedado detenidos en el tiempo, mientras la pelea continuaba".
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12-01-2022

Durante las fiestas de Año Nuevo, anduve por Fuentelsaz, un pueblo en el camino de Don Quijote, entre Castilla la Mancha y Aragón.

Igual que yo en diciembre, pero de 1937, un joven soldado trataba de no ser visto mientras marchaba a integrarse al ejército republicano.

Se llamaba Bernardo García Oquendo y era peruano. Había nacido en Lima en 1908 y, desde muy joven, había jurado dar la vida, si fuera necesario, por un día en que la justicia sería conquistada y todos los hombres serían hermanos.

No podía ceder en nada, y por eso a los 19 años contrajo matrimonio con su jovencísima novia, dos años menor que él y, para no condescender con las costumbres de la sociedad se juraron amor en la Fiesta del Árbol que, todos los años, los obreros celebraban en Vitarte.

Estas convicciones lo hicieron integrarse al aprismo, un movimiento fundado por Víctor Raúl Haya de la Torre y que propugnaba un socialismo para una Indoamérica unida. Los azares y las persecuciones que ese partido sufriera lo conducirán una y otra vez a la cárcel. Luis Alberto Sánchez diría por entonces que la cárcel en el Perú es un certificado de decencia.

Luego de varias carcelerías y de incluso esperar el fusilamiento, saldría exilado a Panamá. Por fin, legaría a España en 1935. Allí lo sorprende la Guerra Civil Española tras el levantamiento del general Franco en una rebelión que contaba con el demoledor apoyo de Hitler y Mussolini.

Empujado por su espíritu revolucionario, García Oquendo se sumaría a la causa republicana y ganaría los galones de capitán luego de pelear en Teruel, Belchite, Aragón, El Ebro, Huesca y Monte de Escandón.

Perdida la guerra y con el fascismo desbordando España, nuestro compatriota huyó a Francia, pero allí fue encerrado en un campo de concentración, en Adge, en los Pirineos orientales.

Catorce meses después, el cónsul chileno en París, Pablo Neruda, lo embarcaría en el Winnipeg con rumbo a Valparaíso.

Poca tranquilidad conoció Bernardo. Quizás escribió algunos versos en los momentos en que caminaba por las apacibles montañas de Castilla.

Tal vez fueron sus versos lo que escuché, mientras caminaba hacia el castillo de Fuentelsaz y por eso, distraído, caí sobre una roca y no pude seguir avanzando. Tal vez allá lejos, los versos de Bernardo se habían quedado detenidos en el tiempo, mientras la pelea continuaba.

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