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OPINIÓN | Eduardo González Viaña: "El espía de Pizarro"

"No quisiera ser jamás un espía de Pizarro porque toda la vida escribiré fascinado por el viejo sol de los Incas".
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11-11-2020

En la escuela nos hacían entonar una canción que repetía: “¿Qué nos trajo España?... La lengua castellana y la santa religión”.

Ello equivalía a decir que nuestros ancestros carecían de lengua (en el sentido de idioma) o nacían sin lengua, ese apéndice que nos sirve para degustar los alimentos o pegar estampillas.

Lo recuerdo porque un escritor peruano acaba de declarar ante la prensa extranjera que ha decidido derribar la “ficción” de que, hubo “conquistadores y conquistados, opresores y oprimidos, y de que el español malo llegó a conquistar al inca bueno”.

¿Pizarro, malo? ¿Abusivos quienes esclavizaban y mutilaban a los indios? ¿Perversa la Inquisición que cocinaba quienes faltaban a Misa? ¡Qué va!... ¡Esas son ficciones!

El desmitificador se pregunta “¿Hubo alguna vez un imperio inca?” Y se responde sarcástico que eso era imposible.

Tampoco es cierto -para él- que en el incanato estuvieran resueltos los problemas de trabajo y alimentación de sus habitantes. “Y es eso (ese mito) lo que quiero contribuir a derribar”.

Por fin, enfila contra el mito de Manco Cápac y Mama Ocllo y denuncia que “fue una fabulación del inca Garcilaso de la Vega para agradar el paladar de los españoles”.

¿Nos está diciendo que la mítica pareja es de mentiritas? ¿Creyó alguna vez eso? ¿Desenmascarará después a Adán y Eva, al dragón de Tebas, al dios despedazado, y, por fin, a la loba que amamantó a Rómulo y Remo?

O quizás dice que el mito fundacional de Manco Cápac y Mama Ocllo procede del relato bíblico de Adán y Eva, y eso es una simplificación demasiado gruesa.

Como en cualquier lado del mundo, la fundación por parejas no es rara en la cultura andina, en que la complementariedad del yanantin (macho/hembra, derecha/izquierda) es estructural para la organización social incaica en dos mitades, el hanansuyu y el hurinsuyu.

Entiendo que abolir nuestro pasado andino y decretar que es arcaico es una forma de mostrar sabiduría y pasar a las ligas mayores de los escritores, pero yo no podría hacerlo. No soy tan culto como el autor de “El espía del Inca”. Todavía me siento furioso contra quienes descuartizaron a Túpac Amaru, le cortaron la lengua a su mujer, torturaron a sus hijos y enviaron a la cárcel y la muerte a miles de tupacamaristas. Y, por fin, no quisiera ser jamás un espía de Pizarro porque toda la vida escribiré fascinado por el viejo sol de los Incas.