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OPINIÓN | Eduardo González Viaña: "Visita a México y al Tepeyac"

"Hacía 35 años que la virgen morena había devuelto milagrosamente la vida al menor de sus hijos, cuando ya los médicos estaban disponiendo su entierro".
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10-03-2021

Los tiempos de la cuarentena me han hecho viajar por mis recuerdos. Hace algunos años había llegado yo a México para ser honrado con el premio internacional de literatura “Juan Rulfo”, que organiza en Paris Radio France, y eso me hacía recordar que fue el autor de Pedro Páramo quien me mostró cómo se habla con la gente de este mundo y con la que camina por el otro, y cómo se puede ver no tan sólo lo que ahora es, sino también lo que ha sido y lo que habrá de ser. Por eso quise ver su ciudad de esa manera.

Subí a la capilla de la Virgen de Guadalupe. En la mitad del ascenso a la pequeña montaña del Tepeyac, cuando descansaba un rato, una mujer anciana se acercó a mí para contarme su historia. Había ido allí - me dijo- a cumplir una promesa. Hacía 35 años que la virgen morena había devuelto milagrosamente la vida al menor de sus hijos, cuando ya los médicos estaban disponiendo su entierro.

Esta señora, su esposo y su hijo aparecen en una vieja foto, y por eso quise recordarlos en esta nota.

En gratitud, ella, su esposo y el hijo, que ya es un ingeniero, van a México y suben todos los años hasta la piedra de la aparición. El hijo llevaba ropa de penitente y subía las escaleras de rodillas; el padre renueva un año sí y un año no su voto de no emborracharse. Lo vi muy feliz, y pensé que éste era su año no.

A la señora le comenté cuánto admiraba la fe católica de su familia.

-Pos resulta que no. ¿Sabe usted? Mi marido y yo emigramos a Estados Unidos, y ahora somos mormones. Y no sé exactamente si mi hijo es adventista, electricista o ateo, una de esas religiones modernas. Pos sí, moderno. Pos... moderno.

Pero creía en la Virgen de Guadalupe, gracias a quien México no es una laguna ni tan sólo un país sino una manera de ser en el mundo, y la Virgen es una palabra madre, o sea una de esas palabras que viven “entre lo que veo y digo, entre lo que digo y callo, entre lo que callo y sueño, entre lo que sueño y olvido”.

Porque ella es el “qué” y también el “qué de qué” de todo cuanto existe en este mundo.

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