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OPINIÓN | Rubén Quiroz Ávila: "Los distritos sin teatro"

dmi222
24-01-2020

Hay distritos en la capital del país que son zonas totalmente olvidadas. En pleno siglo XXI y en la mismísima Lima, hay muchos lugares en que la presencia de cualquier forma del Estado es fortuita y solamente punitiva. En la monstruosa ciudad limeña conviven muchas etapas de la humanidad. Distritos que tienen agua, luz, seguridad policial y demás condiciones mínimas de vida, incluso con estándares cercanos a sociedades desarrolladas, hasta los espacios inhumanos desdeñados que son más bien zonas de sobrevivencia, pero también de valor y resistencias. Alejados de todo signo de urbanización, poblaciones enteras cada día procuran, con esfuerzo duro y cotidiano, tener algo para comer.

Alrededor de la barahúnda de falso progreso que dan los malls y centros comerciales llenos de neón y constructores de nefastas ilusiones, hay miles de personas que se levantan para buscarse el pan. Miles de desempleados y con un espiral de violencia cada vez más creciente. Cada día es un arco épico de sobrevivencia. Hay quienes no comprenden que tenemos dentro de la megaciudad, sitios de batalla diaria por encontrar una manera de subsistir.

Y la pregunta es evidente. ¿Cómo hacer que nuestros compatriotas empobrecidos, casi condenados a no tener movilidad social, se preocupen por el arte y más por el teatro? Aquí en Comas, en Villa El Salvador, en San Martín de Porres, en Ate, en el Callao, hay aún grupos teatrales heroicos, maravillosos, persistentes, muchos años dedicados a educar artísticamente a generaciones. Son pocos, pero son. Han ido heredando su magia, su esfuerzo noble, su trazo espiritual. En medio de la nada han sembrado, han dejado con sudor y alegría, que en el desierto crezca un poco de fe, una manera de esperanza en la vida. Porque eso es el teatro y las artes en general, un modo de afirmar la vida.

Sin embargo, se necesita aún mucho más. Es decir, los esfuerzos teatrales están concentrados en pocos distritos que ya lo tienen todo. Se tiene que trabajar más en los barrios, en los centros comunitarios, en las cooperativas zonales, en las asociaciones de base, con las agrupaciones comunales que requieren que desde ellos se organice el poder del teatro. Ese es su verdadero poder transformador. Esa es la esencia desde sus orígenes. Y no el teatro endogámico, solipsista, encerrado en los distritos más pudientes, tematizando sobre supuestas historias universales, como si los relatos de nuestra cultura y sus necesidades apremiantes no importaran, como si no existiera la convulsión social en ciernes. Esa es la verdadera responsabilidad de los que hacen teatro coherente, ético, comprometido. Lo demás es banal.