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OPINIÓN | Rubén Quiroz Ávila: "Poesía para nadie(s)"

vallejo
14-04-2020

Por supuesto, para estas crudas circunstancias, uno debería comenzar con el contundente y profético verso de Vallejo: “Y, desgraciadamente, /el dolor crece en el mundo a cada rato, /crece a treinta minutos por segundo, paso a paso, /y la naturaleza del dolor, es el dolor dos veces /y la condición del martirio, carnívora, voraz, /es el dolor dos veces.” Casi una radiografía exacta de lo que está sucediendo. El poeta santiaguino no se andaba con rodeos. Sin embargo, el buen Gonzalo Rose, más dado al amor total, incluso en la agonía, exclamaría: “Ya no, no estamos solos. /Hay muertos esperándote con los ojos abiertos/para que no se los cierres con tus manos de lino./ Ellos no dormirán si tú no llegas/ Hay muchachos ancianos escribiéndote cartas/ a la luz temblorosa de sus últimos días”. Y él mismo, inacabable, se respondería: “Dame tu mano entonces/quiero morir tocando/el extremo más dulce de la Tierra”.

Es que todos tenemos miedo y nos queremos regresar de la locura. Ya no se puede prohibir estar triste ¿No, Carlos Oquendo de Amat? A pesar del intento infructuoso de E.A. Westphalen de abolir a la muerte, no le queda sino sentenciar: “Tengo que darles una noticia negra y definitiva/ Todos ustedes se están muriendo/ Los muertos la muerte de ojos blancos las muchachas de ojos rojos (...) /Mañana estarán ustedes muertos”. Moro, ese maravilloso ser, no hace sino replicarlo: “En el tiempo infinito/se han secado las lágrimas/ Pero ¿qué llaga/encierra nuestro mundo?”, y se unifica con lo que sentimos: “Tú como yo tienes el ojo apagado piedra/como yo sueñas un cataclismo/entre humedad sequía o tiempo indiferente/una misma sed nos agobia”.

Y Blanca Varela, brillando en su puerto que no existe, sabia y lacónica: “dime/ ¿durará este asombro? /¿esta letra carnal /loco círculo de dolor atado al labio/ esta diaria catástrofe /esta maloliente dorada callejuela sin comienzo ni fin /este mercado donde la muerte enjoya las esquinas/con plata corrompida y estériles estrellas?”. Tremendos versos. Y el luminoso Pablo Guevara, siempre en su hotel del Cuzco, vocifera: “la navegación es ardua...los botes-cama escasos siguen siendo pocos / a pesar de los discursos los enfermos muchos muchísimos”. Eielson, desde su habitación romana, confirma la situación actual: “La confusión que reina entre los hombres como un encaje ensangrentado/El mito del progreso más infame y más antiguo que la muerte/Siguiendo un hilo de saliva hasta el final del laberinto”.

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