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OPINIÓN | Roberto Rodríguez Rabanal: Lo que deforma necesita reformas

En nuestro país carecemos de un verdadero sistema de partidos
aasd
11-06-2019

Lo acontecido hace pocos días con la cuestión de confianza planteada por el Gobierno en el Congreso, expresa el doble discurso y la doble moral de incalificables personajes, quienes dejando de lado sus encendidos discursos en contra de la reforma política, muy sueltos de huesos votaron a favor de la reforma política; lo que hicieron no por amor al chancho sino a los chicharrones.

La ciudadanía exige una reforma integral, democrática, verdadera y transparente y no con trampa. Integral porque necesitamos cambios de conjunto y no solo parches en los partidos políticos y en el ejercicio de los cargos públicos. Democrática para afirmar el papel soberano del pueblo. Verdadera para no quedarnos en medidas cosméticas ni superficiales. Transparente para enfrentar y derrotar con firmeza a la corrupción.

Los actuales partidos políticos son fuentes de corrupción y se prestan para todo; desde su propio origen como fábricas de falsificación de firmas, pasando por el modo de elección de candidatos en el que prima el poder del dinero y la decisión de las cúpulas y no de las bases, facilitado porque en realidad son clubes electorales o franquicias; y para maquillar el asunto, ponen a algún provinciano en la plancha presidencial; y a algunas mujeres, jóvenes e indígenas en algún lugar de las listas.

En nuestro país carecemos de un verdadero sistema de partidos. No es un asunto coyuntural; data de los inicios de nuestra fallida República, donde la construcción de ciudadanía es la última rueda del coche. Preguntémonos por qué el primer partido político en el Perú -el Civilista, liderado por Manuel Pardo- recién fue fundado en 1872, más de medio siglo después de la Independencia; y en general fueron pocos los ciclos en los cuales funcionó un sistema de partidos; el último, el de la década del 80 del siglo XX, cuando -mal que bien- con el PPC, AP, Apra e Izquierda Unida, se logró representar a buena parte de nuestra sociedad.

Durante la década del 90, la mezcla de fujimontesinismo y senderismo -cuando ambos de uno u otro modo apostaban por una salida autoritaria- debilitó a lo que quedaba de los partidos y abrió curso a los independientes, empezando por Belmont (1989) y seguido por el propio Alberto Fujimori y su lema honradez, tecnología y trabajo con Cambio 90, grupo que cambiaba de nombre según la ocasión: Nueva Mayoría, Vamos Vecinos ... hasta llegar a Fuerza Popular.

En realidad, si el Congreso y los actuales partidos cumpliesen los fines institucionales inherentes a sus roles en la sociedad, probablemente no estaríamos hablando ahora de reforma política. Pero como sucede todo lo contrario, aquélla pasa a formar parte de la agenda pública nacional.

La crisis política y moral no ha sido superada con el voto de confianza; queda claro que la procesión va por dentro, y la demanda ciudadana de cierre del Congreso sigue rondando en el escenario nacional. Depende en gran medida de la postura del fujiaprismo para aprobar que los nuevos partidos se inscriban con militantes y comités a lo largo y ancho del país, y no con firmas; que la dedocracia y las argollas de los de siempre sean sustituidas por elecciones democráticas, abiertas a la participación de la ciudadanía, organizadas por la ONPE; que se incorpore la paridad y la alternancia; se elimine el voto preferencial; se modifique la inmunidad parlamentaria para que no prime la inmunidad; y que los sentenciados en primera instancia no puedan postular.

¿Será capaz la mayoría congresal de contribuir a democratizar-institucionalizar-renovar- transparentar a los partidos políticos y la representación pública? Esto no es un juego, pero ¡Pago por ver! Si no hay novedad en el frente, la legitimidad del Congreso caerá todavía más y pasará a la orden del día su disolución constitucional. O sea, ¡cierre del Congreso! Y abrir un proceso constituyente cuya forma específica dependerá del avance en edificar una nueva mayoría política y social