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OPINIÓN | Eduardo González Viaña: Con Miguel Palomino en Río de Janeiro

No te pierdas la columna de Eduardo González Viaña.

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20/04/2022 / Exitosa Noticias / Edic. impresa / Actualizado al 09/01/2023

El 27 de marzo de 1988 caminaba por Río de Janeiro con mi amigo Miguel Palomino de la Gala, quien entonces era cónsul del Perú allí. Delante de nosotros, a unos dos metros, iba el mariscal Ramón Castilla.

¿Castilla? Sí. Ese año se celebraba en Brasil el centenario de la abolición de la esclavitud y eso motivó que nuestro representante consular diera conferencias en la universidad local. De resultas, se enteró de que dos siglos atrás, Ramón Castilla había caminado por esas mismas calles en que transitábamos.

Como se sabe, Castilla, entonces un joven de 21 años, pertenecía al ejército del rey de España. Derrotado por los independentistas en Chacabuco, Chile, tuvo que caminar con sus compañeros hacia Buenos Aires, pero como prisioneros de guerra.

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En la capital argentina, la mayoría de los hombres del ejército español se casaron con muchachas de esa nacionalidad o se plegaron al ejército libertador. Ramón, sin embargo, a pesar de ser víctima de un amor delirante, escapó hacia Río de Janeiro. Allí encontró una forma de llegar al Perú: había que atravesar a pie la selva amazónica.

Palomino acopió información sobre el más importante de nuestros presidentes, consiguió que se diera el nombre de Castilla a una plaza y que allí se colocara un busto del mismo.

Después me aconsejó escribir una novela sobre el héroe, algo que décadas después, he hecho. Se llama “El largo camino de Castilla”.

Recuerdo esta historia porque, luego de 46 años, 1 mes y 6 días como diplomático, Miguel se ha retirado y debe recibir en estos días una condecoración con la que se reconocen sus servicios prestados a la nación.

El fin de toda esta historia es que el primer año de la pandemia me sirvió para escribir las 600 páginas de la novela y, cuando la universidad César Vallejo lo publicó, tuvo que hacer una edición especial para Asia y Oceanía porque Miguel, entonces embajador en Australia, había organizado una presentación que reunió a once embajadores nuestros en los países de esos continentes.

Castilla llegaría a Lima, luego de ocho meses de cruzar el Mato Grosso. Fue recibido apoteósicamente por los españoles, pero días después, se encaminó hacia el cuartel de San Martín y ofreció su espada por la libertad de América.

De eso conversábamos -y por eso Castilla estuvo con nosotros- aquel día de marzo de 1988, en una calle de Río de Janeiro

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