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OPINIÓN | Eduardo González Viaña: Pandemia y amor

Uno aprende mucho, y los dieciocho días en la clínica me sirvieron, en primer lugar, para enterarme que el servicio de salud en mi patria es desigual, criminal y perverso.

23/03/2022 / Exitosa Noticias / Edic. impresa / Actualizado al 09/01/2023

Hace hoy dos años me atrapó la pandemia. Era el primer día del estado de emergencia. El doctor José Luis Cabrera me dijo que tenía una neumonía atípica resultado de la invasión del virus.

- ¿Voy a morir, doctor?

-Podría ser, pero yo voy a curarlo- respondió, y yo entendí que las posibilidades estaban más próximas al desenlace fatal porque todavía no se habían puesto de acuerdo en el tratamiento y, además, sin vacunas, el contagio desbordaba el planeta.

Sin embargo, para agarrarle gusto a la vida, no hay como morirse. Uno aprende mucho, y los dieciocho días en la clínica me sirvieron, en primer lugar, para enterarme que el servicio de salud en mi patria es desigual, criminal y perverso. Me salvé yo porque tenía dólares suficientes para pagar atención privada. No ocurrió eso con los miles de peruanos que no sobrevivieron.

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Una perla: el tratamiento con analgésicos puede causar horribles problemas digestivos y, por lo tanto, hay que acompañar con omeprazol. Muy bien: una pastilla del fármaco costaba hasta entonces 50 centavos. Las clínicas lo subieron a 175 soles, o sea 350 veces. Ya está pasando la pandemia, ¿y los criminales? Bien, gracias, Mejor vivir con los buenos recuerdos. Mi hija Anabelí se convirtió de súbito en mi madre y, además de arroparme en su bondad, contrató a una valiente enfermera técnica, Maritza González, para que atendiera mi convalecencia. Lo asombroso es que la joven aceptara a sabiendas de que yo había tenido COVID y en momentos en que poco faltaba para que los pacientes se les aislara como a leprosos.

En “Cien años de soledad”, García Márquez describe la epidemia del olvido que se cierne sobre Macondo. La gente deja de recordar el nombre de las cosas. Entonces, José Arcadio Buendía “fue al corral y marcó los animales y las plantas: vaca, chivo, puerco, gallina, yuca, malanga, guineo. ...Después fue más explícito.: 'Esta es la vaca, hay que ordeñarla todas las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y hacer café con leche'”.

POR FIN, José Arcadio planta dos carteles. Uno decía: Macondo. El otro, Dios existe. Mañana se podrá inventar un nuevo mundo con el nombre de la comunidad a la que pertenecemos y la creencia colectiva en un Dios que también puede llamarse (es lo mismo) Libertad, Igualdad, Fraternidad, Socialismo, Justicia, Amor, Belleza, y recibe tantos nombres como la generosidad existe.

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