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Cultural

Los Óscar: una premiación para agradar a la mayoría

La Academia optó por galardonar a Green Book, un filme emotivo y políticamente correcto.

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26/02/2019 / Exitosa Noticias / Cultural / Actualizado al 09/01/2023

Sin presentador mediático, este domingo se llevó a cabo en el Dolby Theatre de la ciudad de Los Ángeles la edición número 91 de los premios Óscar. La gala tuvo escasos momentos de brillo y como siempre fue larga.

Con la presencia de Queen en la apertura, y Lady Gaga junto a Bradley Cooper interpretando la ganadora del Óscar a Canción original, los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood guardaron su as bajo la manga con la elección de Green Book como Mejor película, imponiéndose sobre Roma, el film en blanco y negro de Alfonso Cuarón que venía de cosechar múltiples reconocimientos en diversos certámenes; y se había posicionado como favorita de gran parte de la prensa especializada.

Como siempre, los votantes desecharon la posibilidad de premiar a lo mejor y optaron por galardonar lo que los medios hace rato habían celebrado. Que Roma, una propuesta concebida bajo patrones 100% de diseño, haya vencido en la categoría Película en idioma no inglés a Somos una familia, una verdadera joya cinematográfica; es una clara muestra de la mirada algo atrofiada que tienen los integrantes de la Academia. Que Alfonso Cuarón haya triunfado como Mejor director sobre Spike Lee es sencillamente intolerable.

Pero los galardones a Green Book, Bohemian Rhapsody y Pantera negra muestran un afán por agradar al mayor número de personas que la Academia ni siquiera se preocupa por ocultar. El posicionamiento y las estatuillas conquistadas por los taquilleros tres films mencionados, también se conjuga con la inquietud de la Academia por repuntar el alicaído rating que tuvo la ceremonia del año pasado.

Directo al corazón de las masas

Los reconocimientos a Bohemian Rhapsody y Pantera negra fueron en categorías técnicas y de diseño, pero el Óscar a Mejor película para Green Book es una firme manifestación de que en la elección se impuso la lógica de homenajear a un filme que conquistó el corazón del público masivo, lo que se dice un auténtico "crowd pleaser".

Esta entrega del Óscar también fue como un doble reflejo de la edición de 1990. Hace casi treinta años, ganaba Conduciendo a Miss Daisy, una cálida película que reunía a bordo de un auto a personajes de diferentes etnias. Tanto en aquella oportunidad como ahora, los directores fueron ninguneados en las nominaciones, pero sus películas terminaron llevándose la más codiciada estatuilla dorada. Peter Farrelly, realizador de Green Book, fue uno de los responsables junto a su hermano Bobby, de comedias como Loco por Mary y Tonto y retonto. Con la road movie protagonizada por Viggo Mortensen y Mahershala Ali, continúa el camino hacia la madurez artística que viene desarrollando en estos últimos años y da en el blanco con un relato que no asume mayores riesgos, pero fluye con indiscutible encanto y eficacia.

Entretenimiento y corrección política

La coyuntura actual de Estados Unidos, con un presidente que no tiene problemas con el rebrote racista, contribuyó sin dudas al posicionamiento del emotivo filme que se llevó el Óscar. Cinematográficamente hablando, entre las películas de temática racial nominadas al más destacado premio de la Academia, El infiltrado del KKKlan, dirigida por el legendario Spike Lee, tiene mayores méritos creativos y un poderoso discurso que logra vincular el pasado con el presente de los EE.UU. Pero el triunfo de Green Book trae consigo dos logros: el reconocimiento a una propuesta que entretiene y el voto de corrección política en una era de tensión liderada por Donald Trump.

Para un sector de la crítica y la prensa especializada, Green Book es una película complaciente. Es cierto que el premiado guion original del filme está calculado hasta la médula para conquistar a todos, con personajes tan estereotipados como queribles y un desarrollo que se intuye desde los primeros minutos. Pero este relato se las ingenia para no desbarrancar en el melodrama lacrimógeno y Peter Farrelly cumple con su misión de narrar con buen pulso una historia real ocurrida hace más de cincuenta años, manteniendo viva la reflexión sobre la problemática racista, y sin el imperativo de inclinarse a un planteo profundamente político. Conducida en piloto automático, esta película logra que su receta resulte una agradable experiencia. En parte, por la eficacia de los diálogos y la química entre los protagonistas. Pero, sobre todo, por saber siempre evitar la solemnidad.