27/06/2026 / Exitosa Noticias / Exitosa perú / Actualizado al 27/06/2026
El Inti Raymi, la Fiesta del Sol, la ceremonia más emblemática del legado inca y el mayor atractivo cultural del Cusco ante el mundo, debía ser una jornada de orgullo, emoción y esplendor. Sin embargo, la representación organizada por la Municipalidad Provincial del Cusco, a través de EMUFEC, bajo la gestión del alcalde Luis Beltran Pantoja Calvo terminó convirtiéndose en una profunda decepción para miles de asistentes nacionales y extranjeros.
Lo que debía ser una puesta en escena majestuosa, capaz de honrar la memoria de nuestros ancestros, se vio opacado por una organización deficiente, una evidente falta de dirección artística y una preocupante desconexión con las expectativas del público.
En medio de la dramatización, numerosos turistas comenzaron a levantarse de sus asientos y abandonar sus ubicaciones. Nadie comprendía qué estaba ocurriendo. Nadie supo exactamente en qué momento ingresó el Inca, ni quién de los presentes lo representaba. La sorpresa fue general cuando finalmente se identificó al personaje principal: una figura que, lejos de transmitir la imponencia, autoridad y majestuosidad del Hijo del Sol, apareció con una presencia escénica sumamente débil, vestido de manera simple y sin la magnificencia que exige un personaje de semejante trascendencia histórica.

Paradójicamente, la única figura que salió sobre un anda ceremonial fue la Coya. Mientras tanto, el Inca fue visiblemente minimizado durante toda la representación. No hubo trono dorado, no hubo ingreso triunfal, no hubo esa atmósfera de poder y solemnidad que históricamente ha caracterizado a esta escenificación.
La comparación con años anteriores resultó inevitable. En 2018 tuve la oportunidad de asistir a esta misma ceremonia, cuando el papel del Inca fue interpretado por Nivardo Carrillo. Su presencia imponía respeto desde el primer instante. Ingresó en un anda ceremonial acompañado de su séquito, irradiando elegancia, autoridad y grandeza. Aquella representación emocionaba, impresionaba y transportaba al espectador a la época dorada del Tahuantinsuyo. Lo vivido este año estuvo muy lejos de alcanzar ese nivel artístico.
Si bien es cierto que la ceremonia está orientada principalmente al turismo internacional, resulta incomprensible que el desarrollo completo del programa se realizara en quechua sin una adecuada narración simultánea para los visitantes extranjeros. Miles de personas pagaron sumas considerables por sus entradas y, aun así, permanecieron completamente perdidas respecto al significado de la representación.
Más grave aún fue la ausencia de una narración profesional en inglés, idioma indispensable para un evento de categoría internacional. Muchos turistas observaban el espectáculo sin entender absolutamente nada de lo que ocurría frente a sus ojos.

A ello se sumaron problemas técnicos evidentes. Los parlantes presentaban una calidad de sonido deficiente, generando molestia y dificultando la comprensión de los diálogos. En varios momentos las voces se perdían entre ecos y distorsiones, afectando seriamente la experiencia del público.
Pero quizá la imagen más dolorosa fue la que se observó fuera del recinto. Mientras algunos disfrutaban del espectáculo desde las graderías, miles de cusqueños contemplaban la ceremonia desde los cerros de Sacsayhuamán. El pueblo, verdadero heredero de esta tradición milenaria, quedó una vez más excluido debido al elevado costo de las entradas. Resulta profundamente injusto que una celebración que pertenece a todos los cusqueños se haya convertido en un privilegio reservado para quienes pueden pagar precios inaccesibles.
La organización para la prensa tampoco estuvo a la altura de un evento internacional. Periodistas extranjeros denunciaron haber sido excluidos mediante argumentos contradictorios y restricciones difíciles de justificar. Mientras tanto, espacios destinados a la cobertura informativa se encontraban ocupados por personal acreditado como staff. La falta de planificación y transparencia fue evidente.
Durante la jornada entrevisté a turistas extranjeros y visitantes nacionales. La reacción fue prácticamente unánime. La totalidad de las personas consultadas expresó su decepción con el espectáculo. Muchos manifestaron sentirse engañados por la diferencia entre la promoción realizada y lo que finalmente presenciaron.
Otros señalaron su deseo de solicitar la devolución de su dinero, al considerar que el espectáculo no cumplió con las expectativas generadas y que se sintieron estafados por la experiencia recibida.

El Inti Raymi no es un espectáculo cualquiera. Es la representación viva del orgullo cusqueño, de la memoria de los Incas y de la identidad de un pueblo que durante siglos ha protegido su legado cultural. Precisamente por ello merece excelencia, respeto y profesionalismo.
Cusco no necesita improvisaciones. Cusco merece una ceremonia a la altura de su historia. El Inti Raymi debe volver a emocionar, a impresionar y a dignificar la figura del Inca, en lugar de reducirla. Debe volver a ser una celebración para el pueblo y no únicamente para quienes pueden pagar una entrada. Y, sobre todo, debe recordar que representa la grandeza de una civilización que maravilló al mundo entero.
Porque cuando se apaga el brillo del Inca, no pierde solamente una puesta en escena. Pierde también una parte de la dignidad histórica que el Cusco tiene la obligación de preservar.

