09/09/2026 / Exitosa Noticias / Mundo / Actualizado al 09/09/2026
Durante décadas, la ciencia astronómica asumió que la Luna nació tras un proceso lento y pausado. La hipótesis tradicional sostenía que, hace unos 4.500 millones de años, un objeto espacial del tamaño de Marte —bautizado por los investigadores como Teia— chocó contra la joven Tierra, lanzando al espacio una gigantesca nube de escombros que tardó meses o años en condensarse.
Sin embargo, un revolucionario estudio desarrollado por el Southwest Research Institute (SwRI) junto a la Universidad de Arizona y recientemente publicado en 'The Astrophysical Journal Letters' desafía esta visión tradicional, sugiriendo que nuestro satélite natural se formó en cuestión de horas.
Un nacimiento instantáneo
Gracias al uso simulaciones en movimiento, el equipo científico recreó cientos de escenarios de impacto con una resolución inédita. Los resultados mostraron un fenómeno sorprendente: en lugar de dispersarse únicamente como un anillo de polvo flotante, el brutal choque entre la Tierra y Teia expulsó de inmediato una enorme masa de material derretido y rocas directamente hacia la órbita de nuestro planeta.
La clave reside en un detalle que las simulaciones pasadas pasaban por alto: la resistencia de las rocas según su temperatura. Según explica la investigadora principal Adeene Denton, los planetas primitivos estaban extremadamente calientes, lo que debilitaba la estructura interna de sus materiales.
Esto quiere decir, de manera sencilla, que si dos cuerpos duros y fríos chocan violentamente, se romperán en miles de pedazos dispersos que tardarán en juntarse, justamente lo que señala la teoría tradicional. En cambio, si estos cuerpos están calientes y blandos, el impacto no los pulveriza, sino que funde y reconfigura la masa de golpe en un único cuerpo sólido nuevo.
Al incorporar la temperatura real de los protoplanetas en supercomputadoras de última generación, los cálculos mostraron que la masa de escombros no necesitó vagar durante siglos en un disco ardiente. Si la Tierra y Theia estaban lo suficientemente calientes al momento del choque, la menor resistencia del material permitió que una Luna intacta emergiera y se estabilizara en su órbita en un periodo de apenas cinco horas.

Un modelo que junta las piezas
Este modelo térmico no solo explica la velocidad del evento, sino que resuelve el gran dilema sobre por qué la Luna y la Tierra comparten exactamente la misma composición química: al estar blandos y provenir del mismo "vecindario solar", ambos astros actuaron más como gemelos nacidos de un mismo molde térmico que como cuerpos extraños colisionando en el espacio.
El hallazgo transforma radicalmente la forma en que se imagina los primeros años de existencia de la Tierra. Lo que antes se concebía como un proceso gradual, hoy se perfila como un evento instantáneo. Este modelo no solo ilumina el origen de nuestro vecino celeste, sino que ofrece valiosas pistas para comprender cómo se forman otros satélites y planetas lejanos en el universo.

